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Visión observándome
desde el espejo

Juan Jesús Aguilar

De algún cristal roto en el cielo  

caen astillas al espejo del lago 

y en el fondo me miro acribillado. 

 

Las mañanas grises han sido el ritmo desde aquel día. 

Guarecerse por enésima vez de una lluvia  

bajo cualquier fronda aquí y ahora 

un rezo grave 

responden rezanderas 

al murmullo del viento en la hojarasca  

contrapunto en el llanto 

los tambores cansinos pecho adentro sincopados  

hay un secreto aéreo en las oraciones que flotan. 

Las oraciones que no puedo escuchar  

son un secreto terrenal. 

 

Los Cantos Gregorianos son divinos 

Los clérigos son hombres como Homero 

 

Cae el agua en el agua 

como mi pensamiento en mis pensamientos. 

Ser un ahogado que en dos diversos mares resucita 

 

Pareciera una procesión de monjes y son visiones 

a media luz sobre el escenario en la luna del espejo. 

Cada cual cumple su papel con impecable exactitud  

y la mañana gris es permanente. 

Sólo en el anarquista hay santidad 

—la santísima Muerte canta—  

y va segando el campo de cabezas. 

 

Mientras miro obcecarse en su aroma 

a las flores porfiadas en su color 

la humedad de la tierra nos invade a pausas desde los pies  

y debajo del follaje de un sabino 

nos miramos sin ti por la primera vez 

y es para siempre. 

 

Un saldo de amor a tu favor se sale del espejo  

y se contempla atónito, 

se han perdido unas letras de cambio  

firmadas con mi sangre. 

 

Podría jurar que es de celofán esta lluvia si la oyera  

pero moja mis cabellos y mi rostro 

mis brazos y mi cuerpo 

todo 

penetra por mi cráneo 

hasta humedecerme la memoria 

y se mete en mi pecho para lamer mi corazón.  

Ahora la escucho crepitar 

Podría creer que se trata de esa lluvia pertinaz  

si el sol no me incendiara con sus brazos 

si no calara debajo de mi cráneo 

hasta encenderme los recuerdos  

y no perforara mi pecho 

para consumir mi corazón. 

 

Quisiera decir es la primera lluvia  

como es el mismo sol 

si al no escucharla estuviera seco 

y por la noche la luna no fuera esta arenilla  

adentro de mis  ojos desalados. 

 

Tú puedes jurar 

creer 

y decir lo que te plazca. 

 

La voluntad de alzar aquí una copa de anís  

y comenzar a beberlo en esta misma mesa  

para terminar el trago con un veneno allá 

dejando un vaso en aquella mesa rota 

con tal de encarnarte involuntario en unos brazos  

y recorrer a una mujer con este tacto 

luego de rodar mis ojos por su cuerpo desnudo 

y escucharte en su voz que me nombra  

y navegar mis labios en su piel 

sería como una lluvia intempestiva de rayos solares 

sobre mi cabeza como hojarasca que murmura  

y cayera de pronto una centella. 

 

Eres el agua que se despeña del altísimo mar  

y se criba en tierra. 

Soy el aire donde la nube se hiere las manos 

cuando la lluvia deja sus uñas por asirse al cielo. 

Somos la imagen frente al espejo. 

 

Sin gabardina ni paraguas mientras dura la lluvia  

los transeúntes me miran 

y una vecina que ha pasado presurosa 

creyó que esperaría a tu sustituta. 

Nadie sabe que los dos nos esperamos uno al otro  

debajo del follaje del sabino. 

 

Las nubes del diluvio no se han secado aún 

Y hay atabales que anuncian la trompeta del arcángel. 

 

Las gotas insistentes crucifican a un hombre 

y no sucede nada en realidad debajo de aquel árbol  

no quieren ser martillo sobre clavos 

ni prueba ni castigo 

los he visto encajarse a mis pies y 

manos 

mientras afuera llueve estás dentro de esa tumba 

y te imagino que imaginas esto frente al espejo. 

Referencias 

Aguilar, J.J. (2015). Visiones desde la aurora. México: Conaculta-ITCA. 

-------------- (2000) La gata sobre el tejado caliente. México: ITCA-Café Cultura. 

-------------- (1999) Feracidad del trópico. México: ITCA. 

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DE POESÍA
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