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Todo este cuerpo está en sus manos

Carlos del Castillo

Cuando todo este cuerpo estaba en sus manos 

Cuanto todo este cuerpo estaba en sus manos dialogaba con sus padres, junto al agua de arroz vertida en vasos de vidrio soplado y la sala pequeña. La mirada ausente y los canarios. El repiqueteo imparable. Él arriba, me decían, deglutía gatos tratando de devorar sus almas y yo asentía y bajaba la mirada, ahora que lo pienso, tal vez mi cuerpo pudo haberles dicho: sí, sé que él devora gatos y traga sus almas. Pero era falso. Después de amasar la conversación, intervenida por el mango que cantaba una máxima de hojas y por la hembra que se atravesaba en estética, su madre dijo lo siguiente: espero, realmente —y lo dijo como si realmente lo esperara—, sacie su hambre.  

      Por las escaleras en ese momento descendía un hilo de sangre, crótalo adiestrado de pura consecuencia. ¡Sangre!, apuré a decir sabiendo que habría un movimiento posterior. Pero no lo hubo. Para mi sorpresa, el mango se calló, la hembra, que en ese momento jugaba con la puerta al patio, me miró fijamente con recelo, y los padres, cada uno, me entregaron una sonrisa, una sonrisa con tácita disculpa y apocamiento. Decidí salir, alejarme. Tomé el canario en la jaula que me habían regalado y corrí, corrí a esconderme a mi pasillo con árboles pútridos y salidas restringidas. En mi huida el zaguán se afianzó certeramente, la puerta dio un golpe, no regresé mi vista a la casa. Los gatos de la colonia salían traspasando, con exquisitez, sus cuerpos por los umbrales. Y los gatos corrían tras de mí. 

      Y los gatos corrían junto a mí.  

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