top of page

Signo de soledad

Blanca de Flores

Encendiste la vida sin pensarlo, 

sin saber lo que hacías, blandamente  

y giró en torno nuestro, sabiamente  

la fusión del instinto al entregarlo.  

 

Pertinaz magnetismo que al retarlo  

desata en el oído del oyente  

amoroso lenguaje, de repente,  

y apasionado celo al expresarlo.  

 

El selvático impulso, lo deshoja  

ya no dudo si está, si es absorbente  

si levanta caminos a su antojo.  

 

Nuestro duelo es extraño, permanente,  

se agiganta en la sombra y lo recojo  

de tu idílica noche subconsciente. 

No refrenes mi amor, ni lo acrecientes, 

déjale su temblor de agua y de fuego;  

si me broto en suspiros o reniego,  

culpa es de mis esquinas impacientes. 

  

Al cotidiano sueño lo desmientes  

con la sorda presencia de tu ciego  

entender mis afanes, para luego  

despertar al amor que ya presientes. 

  

No sabes aceptar lo más profundo;  

recibes por encima, y al descuido,  

la caricia nacida en un segundo 

 

cuando yo, del instante, soy transido  

elemento de vértigos, y el mundo  

pierde su dimensión y su sentido. 

En tus manos crecí, tu fino tacto  

comulgó en mi ademán. Ya son condueños  

esta fuerza mental, cantos y sueños  

pesados con balanza y mudo pacto.  

 

Años atrás, en el momento exacto,  

límite de silencios y de empeños,  

el pedernal suplió los frescos leños  

tallándose a tus piedras. En el acto  

 

se fundaron las lenguas, la mordida 

Implacable, voraz, el purulento  

conminarnos a cuesta sin medida.  

 

Ni tú ni yo pedimos nuestro lento  

ascender, ni sabemos qué guarida  

nos untará la paz de su alimento. 

 

Húmeda arena soy, viento y ribera,  

sencilla piel poblada de sentidos  

donde se asientan todos los quejidos;  

llanto que se cobija a su manera. 

  

Desde tu orilla, imagen pasajera,  

peregrina de engaños y de olvidos.  

No sabes ver los pájaros sin nidos  

ni el paso del crepúsculo a tu vera. 

  

Pero mi amor tenaz, en fina hilaza,  

trepa por las pendientes ilusorias  

ignorando los años de amenaza. 

  

Pero mi amor, con alas perentorias,  

atreve su intención y se desplaza  

por vida y muerte en largas trayectorias.

 

 

Surges de eternidades, fiero monte,  

silencio que elaboras la consigna:  

trepar el sueño con pobreza digna  

sin exigir siquiera un horizonte.  

 

Yo sé que tus riquezas, a trasmonte,  

pudieron ser cosecha fidedigna  

para mis estaciones, y me signa,  

sin embargo, raquítico desmonte.  

 

Por eso la raíz se me abarranca  

en los labios adversos de la niebla;  

ni el viento, condolido, me apalanca.  

 

Esto que tú me das, y ya me puebla,  

es como el agua triste que se estanca  

sin poder aflorar de la tiniebla. 

 

Apretujado el mar, bajo la capa  

de la noche, repasa su alfabeto;  

el camino la orilla y en secreto  

deja infinita bruma que me atrapa.  

 

Crece finas arenas, y la solapa  

sus impulsos en cándido boceto  

cuando es fondo tenaz de vivo reto  

puesto que nada a su poder escapa.  

 

Y no me doy el engaño sin recelo  

soy su pez más ingenuo, su criatura  

puedo hacerme de sal o terciopelo.  

 

Soy parte de su líquida estructura  

para canto de amor, para flagelo,  

irrevocable, signo de locura.

 

Libre de esclavas banderas 

 

Raíces de orgullo y seda  

desenredaron cordeles  

en tu mano y a su seña.  

De penumbra a la luz  

rodó el trompo su impaciencia.  

Mil rehiletes giraron  

de encendidas acuarelas.  

No hubo andenes, ni estaciones,  

sólo un perfil de siluetas;  

mil puentes para tus sueños  

creciendo en anchas veredas.  

Mil soldaditos de plomo,  

tambores y matatenas.  

Tú con «patines de bala»  

con el balón en la cesta;  

tú montado como el viento  

en su regia bicicleta.  

Tú llevando la batuta  

de los coros sin orquesta:  

Tú acribillando silencios  

—abismo de fortaleza—  

levantando tus caballos  

con las riendas de la niebla  

para saltar los espacios  

de una lucha gigantesca.  

Tú en mil vuelos espaciales  

por los poblados de estrellas;  

tú rompiendo desengaños  

con tu lanza y tu rodela.  

Tú en la fragata del tiempo  

libre de esclavas banderas. 

Deshabitada noche 
[Fragmentos] 

 

 

III 

Debo beber el polvo de la atmósfera,  

arrancar el antifaz del rigor,  

el recelo y la fuga de las cosas.  

  

Derrocar debo  

al tiempo 

que retiene la flor de la materia;  

apiñarme en el fondo de los soles,  

en vientos y oleajes. 

  

Andar debo por las regiones altas de los esteros.  

Debo desintegrar el torbellino. 

   

IV 

Gravitar yo quisiera  

en la imagen magnética,  

la que nutre  

la abertura del ojo. 

  

Provocar  

del laberinto  

la audición sonora.  

Ser la voz nunca oída. 

  

Acallar  

los antojos del espíritu  

y el gusto de la forma. 

  

Acertar  

cuando el daño se oculta  

bajo la capa  

de la negra semilla. 

  

Excitar  

la esclava sensualidad  

de la epidermis. 

  

Encadeno el signo, el ánimo, la tortura. 

  

Me asomo  

a los adioses del recuerdo.  

¿Se irá mi canto a través del olvido? 

 

No es «Apolo» el que trasvasa planetas  

es el trasvenar de las aguas. 

  

VI 

Rompe el vuelo la sombra. 

  

Los ojos palpan 

  

la soledad. 

  

Cuántos rostros en mí 

  

y sólo uno 

  

es lenguaje de amarras 

  

con la sed que dirige 

  

al que compartí mi embriaguez.

Referencias 

González, C. (1985). Historia de la literatura en Tamaulipas. Poesía y teatro, t. 3, Ciudad Victoria: Instituto de Investigaciones Históricas-Universidad Autónoma de Tamaulipas. 

Ortiz. O. (1994). Entre el Pánuco y el Bravo. Una visión antológica de la literatura en Tamaulipas, México: Gobierno del Estado de Tamaulipas-Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Tamaulipas-Conaculta. 

Sosa, N. (2000). Mujeres poetas tamaulipecas del siglo XX. México: ITCA. 

OTROS AUTORES
DE POESÍA
bottom of page