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Tampico, una tribu del Tamesí (fragmento)

Alejandro Rodríguez Vicencio

Publicado originalmente en la revista El Bagre (1997) 

 

 

El presente artículo ha de iniciar con una consideración a los textos fuente, como al lugar que ocupa cada investigación sobre la conformación de la Huasteca y la historia de los huastecos, paso imprescindible en toda indagación acerca de las toponimias de ese origen, que perviven en el presente fin de siglo, como es el caso de la palabra toponímica Tampico. 

 

Al inicio mi objetivo consistió en antologar obras que se han dedicado al tema, La inaccesibilidad de la mayoría frustró este intento porque no tendría contacto con ellas antes de la presente publicación, entre estas se cuentan, por ejemplo, los trabajos de lingüística de Juan Hasler (1952, 54, 58, 59), el trabajo sobre la familia de lenguas mayence, de Torrence Kaufman (1963), el panorama etnográfico de Paul Kirchhoff (1960), el Vocabulario huasteco de Raymond Larsen (1955), así como las Noticias de la lengua huasteca, de Carlos Tapia Zenteno (1767). 

 

Aunque esta última, como Historia general de las cosas de la Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, están integradas en las referencias de la modesta en número pero significativa selección bibliográfica que se cita aquí. 

 

Cabe mencionar que entre los distintos métodos que intenté para organizar en un artículo, la serie de características que adquiere la discusión del topónimo Tampico en la historia, la antropología, la lingüística, la arqueologia, la literatura de los archivos, no encontré otro más que el que pueda desprenderse de los consejos de los autores consultados, de no  seguir al pie de la letra las Relaciones que hicieran clérigos y conquistadores (Toussaint 1948), quienes en general se fiaron de informantes en el reconocimiento militar de los pueblos y la estimación de su potencial de riqueza material, y dado el caso espiritual; tanto como de no construir fragmentos imaginarios para restituir el significado que ya está perdido, como advierten Meade (1977) y Martínez Leal (1985). 

 

Por eso se presentan sólo los elementos necesarios para introducir otra lectura, dado que este no es un trabajo de divulgación, ni mucho menos una indagación acabada. En otro lugar del mismo número (El Bagre nr.           ) encontrarás, lector, una amplia bibliografía comentada sobre estos temas, en la que puedes rastrear tus propias intelecciones. 

 

Para abordar lo que se entiende por La Huasteca y quiénes fueron los huastecos, es necesario recurrir a Lorenzo Ochoa, quien ofrece una visión suscinta sobre estas cuestiones, en la presentación de la documentada antología Huastecos y Totonacos (1990, 2). La importancia histórica de los huaxtecos como cultura mesoamericana solamente comenzaría después de los años 750 - 800, cobrando singular auge en el periodo Posclásico. Para entonces, y hasta el siglo XVI se extendían desde el río Tuxpan hasta el Pánuco; tierra adentro ocuparon los bancos del río Huayalejo-Tamesí [Tam’hoi], la llanura costera y partes de la Sierra Madre Oriental, de Puebla a Hidalgo, sin que sus asentamientos rebasaran alturas mayores a los 1,000 metros sobre el nivel del mar. 

 

Lingüísticamente los huastecos pertenecen al tronco mayence, del cual, según N. McQuown, se separaron hace unos 3,500 años aproximadamente. Este punto de vista, como puede apreciarse en el trabajo de Leonardo Manrique Castañeda, no es compartido por todos los que se han ocupado del asunto. De todos modos, pudieron haber llegado al área en donde se desarrollaron entre los años 1500 y 1200 A.C. fusionándose con otros grupos que de antiguo vivían allí. Por las evidencias cerámicas encontradas, estos últimos guardaban nexos con los habitantes de la Sierra de Tamaulipas, mientras que los recién llegados compartían una tradición cultural semejante a la de los grupos del centro de Veracruz. Más aún, Wilkerson en su trabajo postula que (los huastecos) intervinieron en la construcción de El Tajín (Lorenzo Ochoa. 1990: 30). 

 

Por su parte, Leonardo Manrique Castañeda en La posición de la lengua huasteca (1979), considera las controversias en torno al origen del huasteco: mientras Swadesh sugiere que el huasteco debe haber ocupado la misma área hace aproximadamente 45 siglos, «y por lo tanto puede inferirse que el centro primitivo de diferenciación de las lenguas mayanas estuvo en la Huasteca o en un lugar relativamente cercano a ella, McQuown piensa que el centro de dispersión de la familia se encuentra en los Altos Cuchumatanes, tierras frías de lo que ahora es territorio de Guatemala» (Cfr. Lorenzo Ochoa 1990: 207). 

 

Y consigna que esta controversia se debe a la relación del huasteco con la desaparecida lengua chicomucelteca o coteque, «el primero localizado desde el siglo XVI en la región limítrofe de los estados de San Luis Potosí y Tamaulipas (…) y el segundo en las márgenes del río Grijalva, contiguo a la región donde los demás idiomas mayas se encuentran unos junto a los otros» (Ibid). 

 

En la intervención, en la que implica investigación glotocronológica, correlaciones arqueológicas y sus propias inferencias, Manrique Castañeda debate el estatus actual de las teorías lingüísticas migratorias de la zona. Toma como testigo la recopilación del huasteco potosino (dialecto de Ciudad Santos, Larsen. 1955) y el huasteco veracruzano (dialecto de Xilox·chil, municipio de Tantoyuca, Ver., recogido por María Ángela Ochoa. 1975), además de la «proximidad del huasteco con la desaparecida lengua chicomucelteca, en una época distante en la diacronía». 

 

Así, para dilucidar la posición de la lengua huasteca, debate los cortes posibles del esquema del árbol, contradictoriamente propuesto por McQuown, para representar el parentesco entre ésta y otras lenguas de la familia mayence (el primer grupo A: huastecano = huasteco + chicomucelteco, separado del subgrupo Cholano, B; zeltzalano, C; Chuj, D;   Kanjobalano, E: etc., y un tercer subgrupo J era formado por el maya (yucateco, lacandón, iza, mopán): el huastecano es, claramente, un subgrupo más divergente del resto de las lenguas mayas que el yucateco de modo que no puede formar un «coordinado» con A, B-1 y C (Cfr. Lorenzo Ochoa. 1990: 208-9). 

 

Debate también el sentido que da McQuown a la palabra migración y por último el que no usa «ningunos otros elementos de juicio, sino que “se restringe al uso de unidades de distribución de lenguas”». Y concluye este apartado considerando  «Creo que es suficiente con señalar que, incluso siguiendo algunos de los postulados suyos, la reconstrucción que ofrezco de la diversificación de las lenguas mayas y su localización relativa a través del tiempo es más acorde con los hechos lingüísticos y con los datos que aportan otras disciplinas» (Ibid). 

 

Así, para Manrique Castañeda no hubo migración, supone que el protomaya se encontraba en la región huasteca o próximo a ella 2500 antes de Cristo y llegaría hasta los Tuxtlas. Habría un «corredor de varios dialectos intermedios “una cadena tan diferenciada ya hacia 1800 a.C. que sus extremos no se comprendían”. Es probable que varios de estos dialectos intermedios hayan desaparecido por la intrusión de grupos mixe-zoque que avanzaron hacia la costa aislando a los protohuastecanos al norte y al idioma antepasado de las demás lenguas mayas hacia el sur y el este, rumbo hacia el cual la misma cuña mixe-zoque los empujaba» (Cfr. Ochoa. 1990: 210). 

 

Sin embargo, consigna que no hay elemento extralingüístico que determine la historia subsecuente del grupo norteño o inik (al grupo sureño se le conoce como winik). Como quiera que sea, «En la huasteca hay una tradición cultural ininterrumpida que arranca por lo menos desde el Preclásico y continúa hasta el momento de la conquista» (Ibid). 

 

Las constataciones arqueológicas hacen decir a Castañeda que «si la cultura arqueológica tiene tanto tiempo, en la región  (no sin cambios por cierto), y los lingüistas tenemos razones para decir lo mismo del idioma, podemos decir con confianza que lengua y cultura coincidían» (Ibidem). 

 

Para reforzar su aserto declara: «las estimaciones glotocronológicas indican que el huasteco y el chicomucelteco se separaron hace unos diez siglos, es decir aproximadamente entre 900 y 1000 de nuestra era, que es el mismo tiempo en que hubo movimientos de pueblos (incluso migraciones) en Mesoamérica» (Cfr. Ochoa. 1990: 211). Se advierten movimientos tanto de fronteras del norte, tierra de chichimecas, a tierras cultivables del sur, y en el sur la llegada de huastecos a Tulancingo. Las historias de migraciones de pueblos o partes de pueblos conllevan el desplazamiento de otros, con sus respectivas costumbres y lengua. Así, Castañeda supone que el chicomucelteco fue desplazado por esa cuña hasta la ribera meridional del Grijalva, de donde, a su vez, desplazó a los motocintlecos, a decir por la relación de esta lengua con el resto de las lenguas mayas y su actual desubicación respecto de ellas. 

 

Castañeda consigna una especie precursora, captada en una reunión de antropólogos, en agosto de 1978, según Jiménez Moreno «la hegemonía de Teotihuacan impidió todo posible movimiento entre la huasteca y la zona maya entre 300 y 350 d. C., por lo que el desplazamiento del chicomucelteca debe ser anterior a 350 aproximadamente» (Ibid). 

 

En cuanto a «la diferenciación interna del huasteco», que es consignada ya por el mismo Tapia Zenteno desde el siglo XVIII, nos avisa Castañeda, tomando como referencia el fonema /c/ del huasteco potosino, que en el huasteco veracruzano es /ch/. «Tal clase de correspondencia es extremadamente común entre cualquier par de lenguas emparentadas, pero ya no lo es tanto que, con gran frecuencia, cuando el huasteco de San Luis Potosí tiene /ch/, el de Veracruz ofrezca /c/  (donde el símbolo /c/ transcribe la oclusiva dental sorda que popularmente se representa por /fz/) es decir, la situación exactamente inversa. No faltan algunos casos en los que ambos dialectos tienen /ch/, pero son pocos, y no hemos encontrado /c/ en los dos» (Cfr. Ochoa. 1990: 213). 

    

Tras tomar «el mapa lingüístico de la región en el siglo XVI», que emparenta a los huastecos con los chichimecos, al norte, Castañeda recuerda que «No están clasificadas sus lenguas porque de la mayoría de ellas conocemos apenas sus nombres (olives, pisones, janambres, etc.), pero tenían con los huastecos una relación comercial bastante activa (se ha dicho que posiblemente fueron el vehículo de las influencias entre Mesoamérica y el Misisipi» (Cfr. Ochoa. 1990: 215).  

    

Toussaint también hace estas dos observaciones, la primera cuando cita el cuarto mapa lingüístico, que proviene de Lenguas indígenas de México (Mendizabal-J. Moreno, 1939), al que se refiere como un documento con graves fallas porque no tiene divisiones por estados, «la clasificación se complica en subgrupos, familias, divisiones y subdivisiones, todo un ejército (…)». Además, en un gran cuadro llamado Distribución prehispánica de las lenguas indígenas aparecen treinta y cinco idiomas desaparecidos. ¿Es que desde la época prehispánica habían desaparecido? ¿Es que el título debió haber sido: Distribución actual de lenguas indígenas de México? De todas maneras, la lista de lenguas desaparecidas, sin indicación del puesto que debían ocupar, o de la familia a que pertenecían, es menos útil y menos científica. Sea como fuere, tenemos: Grupo Zoque-Maya; Subgrupo Mayance, XV familia Maya. Quiche, División huaxteca. 79, Huaxteca. En cuanto al pobre Olive, figura entre las lenguas desaparecidas, con el número 93 (Manuel Toussaint. 1948: 28).  

 

La segunda observación se asocia a los hallazgos arqueológicos de Fewkes, que relacionan la producción cerámica y en piedra de los huastecos con las grandes Antillas, excepto Puerto Rico y Haití. Toussaint se pregunta: «¿Tendremos pues que aceptar en el futuro una “Civilización del Norte del Golfo de México” que abarque desde las Antillas y toda la costa del Golfo por lo menos de la Florida al río Tuxpan?» (H. Fewkes. En Antiquities of the Goulf of Mexico. Cfr. M. Toussaint 1948: 50), lo que alienta la suposición temeraria de si el sentido total de esta cultura no estaba más emparentado con el Caribe que con el continente. 

    

La relación del huasteco con otros idiomas mexicanos se da como sigue: «Al occidente el huasteco colindaba con el pame, lengua otomiana de los chichimecas de la sierra» (Manrique Castañeda 1979. Cfr. L. Ochoa. 1990: 215). Apoyado en rastros arqueológicos huastecos en el altiplano de San Luis Potosí, y además de las conquistas mexicas en la zona, Manrique Castañeda agrega las conquistas de los toltecas, de habla nahua, por lo que aparecen en la sierra poblaciones con /tl/ en tanto que en la llanura poblaciones con /t/. «Esta situación sugiere una población antigua que habla la variante /t/ y a la cual se sobrepuso, con las conquistas aztecas, el mexicano /tl/ (...) en algunos poblados del borde poniente de esta zona se habla  huasteco, mexicano y “chichimeco” (probablemente pame)» (Ibid). 

 

En el borde sur, la ocupación paulatina a partir del siglo X de los totonacas, hace reconocer a Castañeda una amplia banda de contacto huasteca-totonaca entre Tuxpan y Papantla. Para el cierre de este «estudio de historia y geografía lingüística» promete otro más profundo, «un estudio de los préstamos de una lengua a otra. No me ha sido posible recabar oportunamente los abundantes materiales necesarios para hacerlo, por lo que me limitaré a ofrecer unos cuantos ejemplos que deben depurarse» (Ibidem).  

  

A continuación, para abordar los ejemplos, ni más ni menos lo siguiente: «En toda la familia maya, solamente el huasteco y el mayano tienen para perro una palabra distinta (hua.  pik'o?,   yuc.   Pek'), que está indudablemente emparentada con el protozapoteca pe'kku, lo cual sería indicio de que estas dos ramas tomaron el préstamo cuando eran dos dialectos situados próximos uno al otro y cuando eran vecinos del protozapoteco. El chicomucelteco tiene sul, que comparte como palabra de uso común sólo con el motocintleco, curiosamente el idioma al cual desplazó más o menos en el siglo XI, pero que parece ser de antigua prosapia porque se encuentra en el yucateco con uso especializado; esto hace pensar en que por ese tiempo el chicomucelteco puede haber sustituido el término relacionado con pik'o?» (Ibidem).  

  

En su momento Martínez Leal considera esta relación de familiaridad, pero desestima su tratamiento por considerar que «no hay para que recurrir a esta lengua (el maya) con el propósito de explicar un topónimo de raíces claramente huastecas» (Martínez Leal. 1985: 19). 

 

Volviendo a Manrique Castañeda, consigna otro ejemplo tomado de Kaufman (1964), quien considera que la palabra cacao no es de origen maya, sino nahuatl, pues de ser maya, «la forma huasteca tendría /tz/ y no /k/» (Cfr. L. Ochoa. 1990: 216); otro ejemplo es humo (paw) del chicomucelteco. «Estas palabras, y otras que una búsqueda profunda manifestara, tienen cambios fonéticos que las sitúan cerca del momento de la penetración tolteca en la zona, por lo menos. Por el contrario, no pueden ser muy antiguos otros términos tomados del nahua; huasteco potosino tiyoopan, huasteco veracruzano tioopan, templo (nahua teopan), es indudable como lo es de chichii?, seno, teta, en Xiloxúchil, tan recientemente que no se encuentra en el dialecto potosino» (!) (Cfr. L. Ochoa.1990: 217). 

 

Aquí se indica que están incorporados en los dialectos huastecos actuales ambos términos y estas aportaciones advierten los riesgos que implica tomar pik'o? y chichii? tan a la sincrónica. En la forma potosina no se capta chichii?, aunque ambas pik'o? y chichii? se captan al parecer en la forma veracruzana.  

 

 Para los nahuatlecas, los chichimecas provienen de la estirpe del perro y Martínez Leal, como veremos, incide en esta significación para hacer un continuo con pik'o?. Por otro lado, ambos términos hua, pik'o?, pame, chichime, parecen equivaler a la unidad lexémica de perro cuando son puestas en la relación interlingüística, el huasteco y el paame-chichimeca, por lo menos así se desprende de los asertos etimológicos de Martínez Leal (Op. Cit. 49). 

 

¿Los grafemas mexicanos o mayas eran válidos para ser interpretados por lenguas emparentadas que atraviesan  un territorio con sus significaciones? En este sentido, si la escritura en códice usaba una grafía para inscribir los significados de varias lenguas, no se ha  considerado la dimensión escrituraria en esta indagación, pues hasta aquí hemos llegado por el borde de la investigación de voces actuales, dado el material en que se basan, unidades fonéticas de análisis (Hymes). Otras unidades utilizadas son las unidades de distribución de lenguas, de McQuown. El problema es mayúsculo si advertimos que en una de las Relaciones de 1603 se «Distingue tres naciones, que cada una habla distinto idioma y se marcan con diferentes rayas en el cuerpo y el rostro» (Manuel Toussaint. 1948: 27)  en la actual zona de Tampico.  

  

En cuanto al significado que estas voces tengan o su sentido, es menester profundizar en los múltiples cortes ofrecidos, y acaso desde antes, en las distintas lenguas mexicanas, si retenemos el «mapa lingüístico prehispánico» que delineó Castañeda. Para referirme a la representación de la palabra pik'o? del topónimo Tampico, diré que estamos ante una unidad de escritura que puede considerarse vacía de sentido -cenémica, según una tipología creada por Haas en 1976: «para clasificar unidades escritas, según sean “vacías” (cenémicas) o “plenas” (plerémicas)» (Cfr. Nina Catach.   1988: 12).  

  

De la escritura antigua contamos con el pictograma, configurado con base en una cabeza de perro pelón mexicano, unida por una línea al personaje que representaba a Xólotl (Martínez Leal. 1985: 40). Es este mismo autor quien advierte la categoría de «definición» del pictograma, pero en las consideraciones contenidas en su obra se basa en mayor medida en lo que se ha escrito sobre los criterios fonológicos, para establecer una significación de Tampico, por eso acaso sus aportaciones sobre el totemismo aparecen aisladas del cuerpo de la obra en anexos. Y sin embargo, aún así su aportación al tema es cuantiosa. 

 

Dado que extrae ciertas consecuencias del totemismo en el origen de las genealogías y el origen del parentesco, señalaré lo que en este orden de ideas surge como una contradicción. La importancia totémica del perro para los huastecos, y en general para los antiguos mexicanos se confunde o queda perdida tras la narración de la migración maya al Apanoyan o «migración del Pánuco», cuando esta migración se aclimata: «En cierta época, hubo una liga muy íntima entre los huastecos y los chichimecas. La fisión dio origen a una rama chichimeca denominada cuextecachichimeca». Nos remite también a Sahagún, quien reconoce varios chichimecas:  «nahuachichimecas porque hablaban algo de la lengua de los nahuas o mexicanos y la suya propia chichimeca. Otros se decían otonchichimecas, los cuales tenían este nombre de otomíes y chichimecas porque hablaban la lengua suya y la otomí. Otros se llamaban cuextecachichimeca, porque hablaban la lengua chichimeca y cuaxteca» (Op cit. II. 193. Martínez Leal. 1985: 37). 

     

Para que extraigamos las consecuencias que Martínez Leal consigna, debemos hacer caso a lo siguiente: «Por ahora nos interesa resaltar el fuerte lazo de unión entre los chichimecas y huastecos en la zona de Tamiahua, Pánuco y Tampico. Esto tiene trascendencia porque la etimología de chichimeca guarda relación con la de Tampico» (Martínez Leal. 1985: 38). 

 

         *** 

 

Debo ahora replantear la pregunta que indaga acerca del significado del topónimo Tampico, porque en la búsqueda de respuestas, encuentro que Martínez Leal casi escribe la historiografía del establecimiento del topónimo. Se advierte aquí un criterio de selección y sucesión de las fuentes. 

 

Así, para empezar se refiere a las Noticias de la lengua huasteca, de Carlos Tapia Zenteno (1767), a quien Toussaint considera el filólogo más autorizado de la Colonia, porque conoció la zona como párroco: «En esta obra ya están los elementos para integrar correctamente la etimología». Con respecto al prefijo tam, que Tapia Zenteno llama preposición, nos dice: «Hay otros que podemos llamar semiabstractos los cuales se forman añadiendo al nombre radical la partícula tam,  terminada en m, y siempre antepuesta a su concreto, v. gr. bac, son aquellos animalillos que se crían en las gallinas, vulgarmente llamados gorupos, y donde los hay se llama tambac: la cual partícula o preposición sirve particularmente para estos semiabstractos, y para significar específicamente el lugar donde se ve, hace, cría o trata alguna cosa: y por esto todos los nombres de pueblos en huasteco comienzan en Tam, como Tampamolón, que quiere decir (en sus tres dicciones de que se compone Tam-pam-olon) donde hay cargas de marranos o donde hay marranos a cargas (...) Y aunque en su propio lugar se tratara de esta preposición tam, más de propósito se advierte, de paso, que en este idioma sirve lo mesmo que tla o tlan en el mexicano como  xochitlan, por la foresta, xocotitlan, por el frutal, etcétera». (Carlos Tapia Zenteno. 1767.  Cfr. Martínez Leal, 1985: 12).  

  

Aquí es necesario retomar otras de las consideraciones de Toussaint: «Correlativamente con la abundancia de cués, debemos buscar los nombres de las localidades que denotan una ascendencia huasteca. El prefijo TAM, algunas veces alterado en TAN, significa lugar donde hay, lugar donde se ven o simplemente EN, y equivale a la partícula nahuatl TLAN si bien esta se usa como sufijo» (Manuel Toussaint: 1948: 29). Muy similar a lo que escribió Tapia Zenteno.  

  

También debemos retomar la siguiente advertencia: «Claro que esto no quiere decir que todas las poblaciones así llamadas sean o hayan sido fundadas por los huastecos, pero sí indica una expansión cultural por lo menos, al sobreponer su propia toponimia en sitios  denominados de otra manera. De paso iremos notando los lugares que conservan dos nombres indicando su antelación, pues, a veces, la grafía huasteca ha desaparecido para dar lugar a otra» (Ibid).  

  

También don Joaquín Meade (1978) consigna en Etimologías de nombres huastecos y otros, el significado del índice de lugares, que Tam es el genérico de lugar, aunque también significa lugar de abundancia, como en los autores precedentes. Será en relación a pik'o? que incurrirá en errores, como lo muestra Martínez Leal. 

 

De aquí es importante señalar que el apelativo huasteco proviene del nahuatl Cuextlan, como indica Sahagún, que se utiliza para significar la región donde la gente vive en cués o cuexteca, y si uno cuextecatl. Tambié se llaman toueyome si muchos, si uno toueyo, y patleco o panutleco, porque provienen de la región del Pánuco (Apanoyan). Veamos cómo Sahagún empieza sustituyendo significados, a fuerza de traducciones.  

  

Otros autores dirán sobre el nombre huasteco, porque no sólo los huastecos vivían en cués, sino también los totonacas y los confeccionaban mejor que aquéllos, que el nombre proviene del mito del descubrimiento del pulque, por una mujer de nombre Mayahuel. Según el mito Cuextecatl, líder de un grupo que provenía de la región del Pánuco, tras preparar el pulque para una celebración, en el legendario Temoanchan, toma cinco tazas y emborrachado se despoja del maxtle (literalmente: el braguero); al saber que es acreedor a una penalidad, se destierra al lugar de origen con algunos de su lengua, en donde establecen la convención de no usar maxtle (Yólotl González Torres. 1991: 80; Manuel Toussaint. 1948: 40-1; Román Piña Chan. 1967; Cfr. Lorenzo Ochoa 1990: 170).   

  

Es gracias a Piña Chan que entramos en contacto con la versión de que «Cuextecatl parece derivarse de Cuexthé, que significa rueda, lo cual puede relacionarse con los resplandores que usaban por detrás de la cabeza» (Piña Chan. 1967. Cfr. Lorenzo Ochoa. 1990: 170).  Inevitablemente se refiere también a las descripciones de Sahagún, y éste a las de sus informantes nahuas sobre los antiugos huastecos, profusamente ataviados con plumas en forma de «aventadoricos» sobre las orejas y otro «resplandor» de plumas o de palma que usaban echado a la espalda, además del gorro cónico de piel de jaguar, el abanico y las orejeras y pectoral de concha. 

 

Guy Stresser-Péan recuerda en algunas líneas a estos primeros huastecos: «practicaban la deformación craneal, se limaban los dientes, traían narigueras y orejeras (pero no bezotes) y se decoraban el cuerpo entero con pinturas y tatuajes. La desnudez total de los hombres, reportada por los informantes nahuas de Sahagún, era evidentemente de origen ritual y debía ser respetada sólo por algunos individuos o en raras ocasiones. En algunas danzas se conserva el uso ritual de los sombreros puntiagudos, representados en códices y numerosas esculturas antiguas, cuyo simbolismo parece estar relacionado con las ideas de fertilidad» (Guy Stresser-Péan (1952-53) Cfr. Lorenzo Ochoa. 1990: 199).  

  

Como vimos, en muchos casos la grafía huasteca ha desaparecido, aún así los significados se resguardan en la tradición oral. Por lo que hace a la representación en caracteres latinos de voces americanas, la búsqueda se dirige al análisis de unidades fonéticas, pero esto es sólo un aspecto de las investigaciones.   

  

Es Manuel Toussaint el que nos avisa sobre los tres nombres que tendrán los lugares con asentamientos huastecos, cuando empieza su conteo en castellano, a partir del siglo XVI (1948: 20), un ejemplo es Villa de Valles, como los españoles llamaron a Tantocon (hua.) y los nahuas Oxitipa, otro es el actual Pánuco, nombrado Panutla por los nahuas y Panoyan por los huastecos, luego Santiesteban del Puerto hacia 1522. Tras esta fecha la lengua huasteca entra en un proceso de disglosia. El estado de la discusión sobre el topónimo Tampico parece indicarlo más plenamente. En la revisión de estas listas de palabras encontraremos de seguro otras pistas, que tal vez no se advierten por las interpretaciones, que de otro modo son el mal necesario.  

  

Martínez Leal señala la del profesor Renato Gutierrez Zamora, quien aseguró que Tampico quería decir «canoa de perros», a partir de que tan es canoa en huasteco. Sin embargo, Martínez Leal asume para tan la categoría de sustantivo que no entra en composición con el «prefijo semiabstracto», locativo de tam.   

 

Se remite a otra cita de Tapia Zenteno: «tam  significa unas veces cuando, como, cuando yo vine: Taminullitz. Otras veces quiere decir En, v. gr. en la iglesia Tamtiteopan; pero siempre ha de ser en composición, porque fuera de ella no significa cosa como adverbio; que siendo nombre, si se acaba en n, Tan, es canoa» (Martínez Leal. 1985: 13).  

  

Hasta aquí, la distinción entre TAM y TAN parece seguir más atentamente el desarrollo histórico de la lengua, en delante las traslaciones del español ocuparán toda la atención de filólogos, historiadores y lingüistas, en la actualización de la transcripción de los nombres antiguos, y  la compilación de las filiaciones actuales de los dialectos huastecos.   

  

Antonio J. Cabrera, en La Huasteca Potosina. Ligeros apuntes sobre este país (1876), se ocupa de la transformación de m en n cuando está ante p, ciñendo el idioma huasteco a la ortografía del español y se basa también en Tapia Zenteno: «La generalidad de las poblaciones de antiguo origen tienen nombres que comienzan con la sílaba Tan o Tam convirtiendo la n en m cuando está antes de p y todas ellas tienen significado particular. La sílaba tan cuando está sola significa en el idioma huasteco canoa; mas cuando se aplica a una población, quiere decir lugar o pueblo» (Antonio J. Cabrera.1876: 132 y ss. Cfr. Martínez Leal. 1985: 14).  

  

Es a Marcelo Alejandre, «huastequista de Ozuluama», a quien Martínez Leal atribuye la especie de que «el topónimo que nos ocupa debe pronunciarse Tampicó, en Cartilla huasteca (1889-90); en tanto que en La Lengua Huasteca (1890) informa sobre el plural de perro en huasteco que, según él, es picotz, y define la toponimia conocida del puerto. 

 

A partir de este autor, Rudolf Schuller reinterpreta: «Tam-piko place of the dogs (?) P' is an explosive. Yet this etymology given by Alejandre and repeated by others is highly problematic» (México Antiguo, del 9 de marzo de 1925, p. 138, nota 12. Cfr. Ibid). Lo que contribuye a sembrar las primeras controversias sobre el caso, acerca de si su escritura implicaba una P' explosiva, pero una de las primeras preocupaciones por actualizar la transcripción de la voz huasteca.  

  

Luego de ajustar fechas entre las publicaciones de Cabrera (1876) y Alejandre (1889-90), Martínez Leal decide que es la obra de Cabrera «la más antigua que da expresamente la significación de Tampico como lugar de perros». Y nos deja con la suposición de que debe haber alguien que haya definido el topónimo antes que Cabrera.  

  

Don Blas E. Rodríguez retoma la discusión en Tampico. Datos para la historia de la Huasteca, pero induce errores de interpretación del topónimo como lugar de nutrias, lo que pone en evidencia la veracidad de sus fuentes y la consideración de la nutria como una especie emparentada con los itzcuintlis, por lo menos en la representación que se hace del pik'o? huasteco (Blas E. Rodríguez. 1932: 13. Cfr. Martínez Leal. 1985: 16).  

  

Don Joaquín Meade también sigue esta especie en La Huasteca. Época Antigua: «TAMPICO (Tam-picó, en huasteco, significa lugar de perros, pero se refiere a los perros de agua o nutrias» (1942: 279. Cfr. Ibid); en tanto que en Etimologías toponímicas indígenas del Estado de Tamaulipas: «TAMPICO se deriva del huasteco Tam-picó que significa el lugar de nutrias o sean los llamados perros de agua» (J. Meade. 1977: 31. Cfr. Ibidem).   

 

Pese a ello Martínez Leal recupera para la discusión un elemento que, por ejemplo, Meade no había tomado en cuenta: no incorpora hatzo en sus etimologías, por lo menos de 1977-78. En este orden, es necesario observar la presencia del sonido /tz/ del plural de perro, picotz, como en el sustantivo hatzo (nutria, establecido por Marcelo Alejandre. 1890) y que también comparte Enrique Otega (1989).   

  

Pero estas son consideraciones extralingüísticas, porque los préstamos de otras lenguas que llegaron a comerciar en la zona no están decantados más específicamente, más allá de los cortes que se establecen, relativos a la presencia en la zona de los toltecas y posteriormente de los nahuas, como muestra Leonardo Manrique Castañeda.  

  

Los militares Juan Manuel Torrea e Ignacio Fuentes en su Tampico, apuntes para su historia, como don Blas E. Rodríguez, también son pescados en el gazapo por Martínez Leal: «Cabe aclarar que en esa época no había perros de los hoy conocidos. En cambio sí había en cantidades enormes, a la orilla de los ríos Tamesí y Pánuco, ese animalito que se llama NUTRIA y que se mantiene de los peces que su habilidad le permite sacar del agua. Esto indica que los indios le pusieron así porque vieron precisamente que había muchos de esos “perros” (perros de agua) en ese lugar, de donde la composición resulta: Lugar donde hay perros» (Torrea y Fuentes. 1942: 17. Cfr, Martínez Leal. 1985: 16).   

  

Aunque la especie de la nutria ha causado incredulidad general, dado que no se exhibe el procedimiento por el cual se llega a esta interpretación, Martínez Leal atiende más a las consideraciones de Torrea y Fuentes respecto al cambio en el huasteco de Tan en lugar de Tam, y advierte que «por lo que hace al cambio Tan a Tam, por razones gramaticales, nos parece una interpretación completamente gratuita. La partícula locativa es tam, como quedó demostrado con las autoridades aducidas. El cambio más bien debió operarse al revés, es decir, de tam a tan, quizá por razones fonéticas al hispanizar las voces. Prueba de ello es que Meade, al dar las raíces de los topónimos, convierte el tan en tam: Tantomol, tam-tomol; Tantima, Tam-tima; Tancol, Tam-colo; Tancolul, Tam-colul; Tancoxol, Tam-coxol; Tansabaque, Tam-zabac; Tantoyuca, Tam-t-eyuc; Tantoy, Tam-tou, etcétera» (“Pueblos Huastecos del siglo XVI”, en La Huasteca. Época Antigua. Op. Cit., pp. 279-3116. Cfr. Martínez Leal. 1985: 18). 

 

Para destacar las conjeturas que estas consideraciones me producen, de lo que se ha consignado sobre la búsqueda del significado del nombre de Tampico (por lo que podría ésta ser considerada una indagación toponímica), sólo puedo remitirme a las últimas comunicaciones en el orden de una teoría del lenguaje escrito, de la que extraigo una tarea específica: «la conservación de la información mental: para servirse del lenguaje oral como escrito, que es de algún modo siempre metalenguaje, reflexión sobre el lenguaje, el hombre necesita cierto número de referencias seguras; no debe perderse, pues, en los meandros de la realización del habla» (N. Catach. 1990: 14).  

  

Esta nueva ciencia o grafémica, que como muchos apenas recibo, permitiría por ejemplo «dejar de ser eurocentristas y concebir finalmente una definición de grafema que pueda satisfacer a un chino, por ejemplo, y no excluir  otras lenguas, la gran mayoría, a decir verdad. Que pueda incluir también los sistemas más antíguos, cuneiformes, egipcios, mayas, aztecas, etcéctera, así como los sistemas actuales más exóticos, y eventualmente los sistemas que no han sido aún descifrados. Necesitamos entonces una concepción amplia y plenamente integradora de la unidad grafémica mínima, lo que se puede llamar la grafemología general» (N. Catach. 1990: 30).  

  

Es en este sentido que encuentro la posible aplicación de la tipología de Haas al caso. En uno de sus comentarios, él considera que «El principal obstáculo en el aprendizaje del uso de la escritura alfabética, es la aparente inutilidad de tener que analizar un discurso pleno de sentido en unidades que no lo poseen» (Cfr. N. Catach. 1990: 258). Así como el sujeto que se enfrenta al sistema de escritura cuando apenas se hace entender con el habla, no podemos acceder a la reconstrucción de un grafema huasteco, cuando no podemos analizar su lugar en un discurso significativo. Lo cual ocurre básicamente por un problema de identidades.  

  

Los múltiples sentidos de esta unidad de escritura —perro en huasteco, que puede aparecer ahora como plerémica o llena de sentido— están sobrepuestos, como veremos, y en muchos casos el significado primitivo se pierde o permance en el silencio, más allá de la traducción o transcripción al castellano de la época, de cuyas transformaciones puede seguirse haciendo análisis.   

  

Por eso las conclusiones a las que llega Cristina Monzón en el caso del phurhé: «En la iniciación de las lenguas mesoamericana a la escritura latina, aquellos sonidos que eran reconcidos en la lengua española recibían la misma representación y seguían las mismas convenciones ortográficas de la época; sólo los nuevos sonidos requerían de nuevas convenciones, por lo tanto la revisión de las variantes en la representación de estos sonidos es de interés histórico. Nos da información sobre las habilidades lingüísticas de los escritores de documentos vernáculos, así como de las mentalidades lingüísticas en diferentes momentos de la formación de una sociedadd mexicana de una gran complejidad cultural» (C. Monzón. 1990. En Eugenia Revueltas y Herón Pérez -coord-. 1992: 55). 

 

Así, la controversia que aún hoy se cierne sobre el significado de la palabra Tampico no sólo concierne al nombre de la actual ciudad  y puerto de Tampico, sino que deriva de la abundancia de ciertas especies, que conforman el apelativo de uno o varios oficios y/o el origen de una tribu que funda el lugar, cuya ubicación constituye también otra enconada discusión.  

  

Pero para evitar dispersar la atención por los múltiples bordes que presenta el caso, ya que cada uno requeriría un estudio aparte, destacaré las características más importantes:   

  

En tanto se deja de lado el establecimiento del lugar llamado Tampico en la época prehispánica y el problema de si es el mismo que el del actual, se reclama para el nombre un significado totémico, que remite a una alianza entre clanes en torno al signo del perro y otras consideraciones etimológicas (Martínez Leal. 1985);   

  

Otros autores parten de la existencia impertérrita del lugar llamado Tampico, que ha sido poblado y despoblado en sucesivas épocas, pero han introducido (a finales del siglo XIX) la coexistencia de la nutria en la ecología lacustre de la zona, para dar así un nuevo significado al radical del topónimo basado en el perro totémico (Joaquín Meade, 1942 y 1977; Blas E. Rodríguez. 1932); y   

  

La variante intermedia a-b, que por sus características deja de lado las consideraciones lingüísiticas o filológicas y se basa en estudios arqueológicos y de las variaciones de la orografía del hábitat (Enrique Ortega. 1989), para fundamentar la ubicación del puerto natural, y no reconoce el complemento de NUTRIA (perro de agua), de donde se confirma que el nombre corresponde al lugar. 

 

Para concluir por esta ocasión, sólo tomaré en cuenta algunas de las consideraciones del significado atávico del perro, que constituye el indicio para, por consecuencia, dar con el lugar, función comunicativa básica del topónimo. Sin la intención de dar por concluida una discusión que ha hecho época; por el contrario, es necesario presentar cada vez más ejemplos de esa depuración de las relaciones entre las lenguas, tanto como de las variaciones de una misma lengua. 

 

Así, en lo que concierne a la extensión cultural de la Huasteca, el territorio de Tampico está compilado como la frontera sur de la Huasteca Tamaulipeca, así como el hecho de que esta frontera corrió por el borde norte del río Tamesí, hasta la sierra de Tamaulipas; la Alta Huasteca, que llegaba hasta Tangamanga, hoy San Luis Potosí, se consideraba ilimitada; en tanto que la huasteca del sur, que comprende de Tuxpan a Río Cazones, por la sierra penetra hasta Querétaro, por la «Raya del Pánuco» (Manuel Toussaint. 1948: 30).  

  

De estos tres rumbos sobreviven hoy sólo dos: la onda expansiva de esta migración moderna se registra en la parte de la Sierra Madre Oriental que muerde los estados de Guanajuato y Querétaro (Sierra Gorda), Hidalgo y Puebla.  

  

Es de la narración de Alva de Ixtlixóchitl de donde Toussaint obtiene noticias de los huastecos; la temprana difusión del traje femenino huasteco a base del çayém o quechquémetl en el altiplano, como del amarre o mecatl; hacia el siglo XII de Tomiyauh, princesa de un clan huasteco de la laguna de Tamiahua, que controlaba Pánuco y Tampico; con Xólotl, líder de un grupo chichimeca del norte (olives, según Toussaint) y cuyo nombre recuerda el de un cruel dios teotihuacano (Manuel Toussaint. 1948: 42).  

  

Al parecer fue tras una peregrinación al altiplano que los cuextecachichimecas recibieron la zona lacustre  de Tamiahua-Pánuco-Tampico para asentarse. El resultado fue el control del puerto natural por el que se llega a Panutla o Pánuco (Apanoyan),  enclavado en el extremo sur del actual territorio de Tamaulipas y de mayor elevación de esta banda de tierra. Aun cuando no hubiera sido profusamente poblado, este es el mejor punto de vigilancia que domina el mar,  los brazos de río y las lagunas, lugar que de antiguo recibió el nombre de Tampico y que, obviamente, no pudo estar en la ribera meridional del Pánuco.  

  

La alianza matrimonial que refiere Alva de Ixtlichóchitl era una práctica que permitía la sobrevivencia como la expansión, conformando un sistema político que carecía de líder universal, como consigna Toussaint: «Antes de la conquista, Huaxtecapan no parece haber formado una nación homogénea. No reconocían a un señor principal sino que formaban pequeños núcleos que sólo se unían para la guerra y designaban entonces como jefe al más valeroso» (Manuel Toussaint. 1948: 31).  También Pedro Martínez Loayza, en la tercera parte de sus Relaciones, dedicada a lo militar, observa esta característica, aunque su texto data de 1603 (Cfr. J. Meade. 1977: 110). Es por ello que Toussaint considera que cuando Cortés se refiere al cacique del Pánuco en sus Cartas de Relación, desconoce por completo la situación de los huastecos, pues ni el nombre de dicho cacique menciona.  

  

La aparición del nombre de Tampico en los documentos y mapas de la Nueva España empieza con la narración del primer comendador, Johan de Mendoza (nombrado por Antonio de Turcios), firmada el 17 de junio de 1542. Meade indica que el primer comendador del lugar fue Cortés mismo, al que «tributaron» hasta 1525; de 1526 en delante Nuño de Guzmán encomendó el dominio del territorio a varios (J. Meade. 1977: 235).  Otra mención al puerto fue la de Luis de Velazco, virrey, para la fundación de un convento franciscano y villa en el lugar, el 26 de abril de 1554 (J. Meade. 1977:  90).  En su contestación de 1556 al rey, fray Andrés de Olmos informa del valor estratégico del puerto natural y da noticia de que hay todavía mucha gente natural dispersa en el ambiente lacustre.  

  

Tampico aparece ya en los mapas continentales a partir del de Abraham Ortelius (c. 1584) «en el que (escrito Tampice) aparece al sur del río Pánuco» (Martínez Leal. 1985: 58).  Y en otro fragmento de la obra de Meade: «El mapa de la Audiencia de México que publicó don Antonio de Herrera, cronista real, hace constar que su corrección fue certificada el 3 de enero de 1599 por don Andrés García de Céspedes, cosmógrafo mayor de Indias, y en el mismo aparece Tampico situado al norte del río Pánuco» (J. Meade. 1977: 101).  

  

La significación de ubicar en uno u otro bando del Pánuco a Tampico es fundamental. Más allá de los tropiezos en la argumentación, de parte de ambas posiciones, los presuntos implicados asumen una representación geográfica que no toma en consideración el cálculo de error ante la inconmensurabilidad temporal: lo que hasta ahora se ha dado en llamar «ribera septentrional del Pánuco» o «ribera norte» frente a Tampico, se une a las aguas del Tamesí, al que Meade hace afluente de aquél. Además, las obras de la década de los veinte modificaron totalmente la orografía del lugar dando pie a transformaciones sustanciales. Del detalle de estas obras nos avisa Enrique Ortega (1989).  

  

Tampico es definitivamente instalado en los informes oficiales a partir de las Relaciones del capitán y alcalde de la Provincia de Pánuco, Pedro Martínez de Loayza, escritas en 1603, profusamente citadas por Manuel Toussaint (1948: 23 y ss.); don Joaquín Meade (1977: 102 y ss.) y Martínez Leal (1985: 55). A este capitán debemos la noticia de que el lugar se llamaba Tampico desde antes de la llegada de los españoles.  

  

Resulta curioso que en las Cartas de Relación Cortés narra su versión de los hechos de la conquista de Huaxtecapan, en 1522; tras la caída de Chilá, funda Santiesteban del Puerto y cruza frente al lugar que supuestamente se llama Tampico sin nombrarlo. Menciona otros lugares como Tancetuco  y Tamiqui (H. Cortés. 17ª. 1993: 183-199).  

  

Tal vez por todo esto don Joaquín Meade sugiere la existencia de Tampico en el mismo lugar desde tiempos inmemoriales, cuando comenta la legendaria entrada por el mar, al Apanoyan, de la antigua migración mayana, y agrega: «lo que indica que estos navegantes entraron al río Pánuco en épocas muy remotas, y pasando frente a Tampico, siguieron hasta Pánuco, donde el río podía asegurar agua dulce» (J. Meade. 1977: 619).   

  

No se discute la veracidad de la especie, puesta en un tiempo inmemorial, sólo la apunto para remarcar la observación de Meade, en el sentido de la desaparición de la o las tribus que poblaron a Tampico, o hacían lugar común en el puerto: «Las ruinas de la época VI o última huasteca, que fue la que encontró Cortés, son numerosas. De acuerdo con lo que nos dice Sahagún y también Torquemada, fue del caudillo Cuextecatl de quien recibieron sus súbditos el nombre de cuextecos y ya tenemos aquí a la tribu o nación con una probable cultura tipo tolteca que regresó a la huasteca a repoblarla, siendo de esta raza los que encontró Cortés en 1522 y quienes lucharon contra él tan denodadamente, y si bien quedan aún restos de los mismos en las Huastecas potosina y veracruzana, de Tampico y de la Huasteca Tamaulipeca no queda ya de ellos más que una borrosa memoria, algunas ruinas arqueológicas y la certeza de que su país llegó a formar parte del legendario Temoanchan» (J. Meade. 1977. 62). Esta circunstancia marca el grado cero de toda lectura al respecto.   

  

Por ello es imprescindible rastrear toda posible mención de su existencia. En la presentación del material que rastrea Martínez Leal, y que emparenta el topónimo pik'o? con la genealogía chichimeca, culmina con la confrontación de dos fuentes escritas en castellano en las que él muestra las menciones más antiguas del gentilicio chichimeca.  

  

El primero es un documento de finales del siglo XVIII del cronista fray Agustín de Vetancourt que escribe: «Chichime se llaman a los perros y chichimeca es Chichimetlaca, gente perra», esto es gente perra chichimetlaca. Observa además Vetancourt que no es nuevo llamar perros a las gentes, que esto quiere decir Cananeos (Ibid). Esta especie la retoma Wilberto Jiménez Moreno, quien ha insistido en que chichimeca significa "linaje de perros" (1943: 18. Cfr. Martínez Leal. 1985: 39).   

  

El segundo documento es de otro escritor vernáculo: «el indispensable Molina nos puede dar las raíces correctas en su Vocabulario: Chichi es perro o perra, mecayotl, abolengo, linaje o parentesco de consanguinidad» (Vid. Alonso de Molina, Vocabulario de la lengua mexicana y castellana. México. 1571, f. 19vto., y 55rto. Cfr. Martínez Leal. 1985: 40).   

  

Este apelativo, gente perra, seguramente dio pie a otras asociaciones como a interpretaciones erróneas. Aunque solo lecturas prejuiciadas, como la de Ignacio Bernal, advierten el posible deslizamiento infamante de este linaje (1972: 99. Cfr. Ibid).   

  

Volviendo la radical huasteco pik'o? y su posible grafema, durante el tiempo previo y el siguiente a la conquista, se ha tejido una pseudohistoria del signo y la relación significante-significado a la que subyace el uso de fragmentos de una lengua traducida que indistintamente fue llamada huasteca por las consideraciones hechas, aun cuando la mayoría de los que la hablaban y escribían habían desaparecido, y las minorías iniciaban la resistencia cultural que impidió el abandono de las tradiciones pero las reprodujo mecánicamente, cuando las religiones agrícolas habían perdido su significación.  

  

Por otro lado, el origen fabricado, en gran parte de oídas para este «linaje de perros», como para los huastecos, por Sahagún, Bernal y otros, concentran una visión europea ante una cultura, la huasteca, que lejos de encontrarse en un estadio crepuscular, como se consideraba a los aztecas, había alcanzado ya «un avanzado estado de desarrollo» (Lorenzo Ochoa. 1990: 36). 

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